
Al fin, el científico apartó el cuaderno.
— Si. Setenta millones de años.
Con un gesto brusco, Shatrov extendió el brazo como para traspasar algo ante sí, miró a su alrededor con ojos maliciosos y dijo de nuevo, en voz alta:
— Setenta millones… Pero no hay que tener miedo…
Shatrov puso en orden el escritorio metódicamente, sin prisas; se puso el impermeable y volvió a casa.
Shatrov lanzó una mirada sobre los «bocetos», como llamaba a su colección de bronces artísticos, esparcidos por todos los rincones de la habitación. Se sentó ante una mesa cubierta con un encerado negro, sobre la que un cangrejo de bronce sostenía un enorme tintero, y abrió un álbum.
— Quizá estoy cansado…, envejecido… Me salen canas, me quedo calvo y… chocheo — murmuró.
Hacía tiempo que se sentía desganado; le parecía como si tuviese el cerebro enganchado en una tela de araña, tejida durante años por una cotidiana monotonía. Su pensamiento ya no volaba lejos con alas potentes; como un caballo sujeto a un pesado carro avanzaba con seguridad, pero despacio y con la cabeza gacha. Shatrov comprendía que su estado era debido al cansancio. Los amigos y los colegas le aconsejaban retirarse, pero el profesor no sabía descansar ni interesarse en otra cosa.
— ¡Dejadme en paz! Hace veinte años que no voy al teatro y desde mi nacimiento no he estado en el campo — acostumbraba a afirmar, con aire sombrío.
Pero, al mismo tiempo, el científico era consciente que el largo aislamiento, la consentida limitación de su interés, le costaría una pérdida de fuerzas y de valor intelectuales. Su retiro voluntario le daba la probabilidad de concentrarse más, pero le mantenía, por otra parte, sepultado en una oscura habitación lejos de todas las cosas del mundo.
