
El profesor se trasladó, junto con el comandante, al escenario de la muerte de Viktor.
Y ahora, como si salieran de las ajadas partituras, desfilaban delante de sus ojos las imágenes del viaje apenas terminado.
— ¡Quieto, profesor! ¡No dé un paso mas! — gritó el comandante, a su espalda.
Shatrov obedeció.
El campo, batido por el sol, estaba cubierto de gruesas hierbas. Gotas de escarcha brillaban sobre las hojas, sobre los pétalos aterciopelados de las blancas flores de olor dulzón, sobre las cónicas florituras de los epilobios. Con el calor del sol matutino, los insectos zumbaban atareados sobre el follaje. Más lejos, el bosque mutilado por los proyectiles tres años atrás extendía la sombra de su verdor, rota por desiguales y frecuentes claros, recuerdo de las heridas de guerra en lenta curación. El campo era un completo fermento de vida vegetal, pero bajo la hierba vigorosa, se escondía la muerte, aún no borrada, no vencida por el tiempo y por la naturaleza.
La hierba crecida rápidamente escondía la tierra herida, cubierta de proyectiles, minas y bombas, arada por las cadenas de los carros armados, sembrada de astillas y bañada de sangre…

Shatrov vio los tanques destrozados. Semicubiertos por la hierba, aparecían mustios en medio del campo en flor, con chorros de herrumbre roja sobre la coraza destrozada, con los cañones apuntados hacía el cielo o inclinados hacia el suelo. A la derecha, en un pequeño declive, se perfilaban las masas negras de tres máquinas quemadas e inmóviles. Los cañones alemanes apuntaban a Shatrov, como si un odio ya muerto todavía les obligase a apuntar rabiosamente sobre los blancos y jóvenes abedules del margen del bosque.
