Más allá, sobre un pequeño alto, un carro se había volcado al embestir una máquina caída sobre un costado. Entre las matas de epilobios sólo se veía una parte de su torre con la cruz blanca sucia. A la izquierda, la manchada masa gris oscura de un «Ferdinand» doblaba hacía abajo su cañón, cuya boca se hundía en la espesa hierba.

El florido campo no estaba atravesado por ningún sendero; entre la espesa hierba no aparecía la menor huella de hombre o de animal, no se escuchaba ningún rumor. Sólo una garza, asustada, dejaba escuchar su grito estridente desde algún lugar indeterminado. Lejano, roncaba un tractor.

El comandante se subió a un tronco de árbol caído y permaneció inmóvil largo rato. También su chofer callaba.

A Shatrov le vino involuntariamente a la memoria, en su solemne tristeza, la inscripción latina que los antiguos solían esculpir en la entrada del teatro anatómico: «Hic est locus ubi mors gaudet sucurrere sitam», que significaba: «Este es el lugar en el que la muerte se complace en venir en socorro de la vida.»

Un sargento de baja estatura que mandaba la escuadra de zapadores se acercó al comandante. Su euforia le pareció a Shatrov fuera de lugar.

— Camarada comandante, ¿podemos empezar? — preguntó el sargento, con voz sonora —. ¿Desde dónde?

— Desde aquí. — El comandante hundió el bastón en un arbusto de espino blanco —. En dirección hacia aquel abedul…

El sargento y los cuatro soldados que le acompañaban empezaron a localizar las minas.



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