— ¿Dónde está el tanque de Viktor? — preguntó Shatrov, en voz baja —. Aquí sólo veo tanques alemanes.

— Venga, mire — el comandante indicó con la mano a la izquierda —, allí, cerca del grupo de álamos. ¿Ve aquel pequeño abedul de arriba? El carro está a la derecha.

Shatrov se fijó en el punto indicado. Un pequeño abedul, aún en pie por milagro, en el que había sido campo de batalla, parecía palpitar apenas con el temblor de las tiernas hojas nuevas. Y sobre la hierba, a unos dos metros de distancia, despuntaba una masa metálica deforme que, desde lejos, parecía una gran mancha roja con estrías negras.

— ¿Lo ve? — preguntó el comandante. Tras el gesto afirmativo del profesor, añadió —: Más a la izquierda está el mío. Allí está, está quemado. Aquel día yo…

En aquel momento llegó el sargento, que había terminado su trabajo.

— Terminado. El sendero está dispuesto.

El profesor y el comandante se pusieron en marcha. A Shatrov, el carro le pareció como una calavera deformada, surcada por las negras sombras de grandes heridas. La coraza, retorcida y fundida en muchos sitios, presentaba rojas manchas de óxido.

Con ayuda del conductor, el comandante se encaramó sobre la máquina destruida, observó el interior largo rato con la cabeza metida por la escotilla abierta. Shatrov se encaramó tras él y quedó a la espera, de pie sobre la coraza.

El comandante sacó la cabeza de la escotilla y dijo áspero, cerrando los ojos, deslumbrados por el sol:

— Es inútil que baje. Espere aquí. El sargento y yo lo buscaremos. Si no lo encontramos, aunque sólo sea para que se convenza, podrá bajar silo desea.

El sargento se metió ágilmente en la máquina y ayudó al comandante a hacer otro tanto. Shatrov se inclinó, preocupado, sobre la escotilla. En el interior del carro, el aire era sofocante, impregnado de podredumbre, con un ligero olor de aceite mineral y grasa. Aunque a través de las rasgaduras de la coraza penetrase un poco de luz, el comandante había encendido, para mayor seguridad, una linterna eléctrica.



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